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Graf Spee: la pequeña historia, el mito y un fantasma en el fondo del río, por Oscar Taffetani


El conde Maximilian Reichgraf von Spee, vicealmirante de la Marina del Kaiser, se hundió junto con su barco y con sus hijos Otto Ferdinand y Heinrich Franz en el combate de las Islas Malvinas, librado contra la Royal Navy inglesa e 8 de diciembre de 1914.

Para que no se perdiera el nombre de quien había sido un héroe de la Primera Guerra Mundial, la marina de guerra alemana lo recicló en el de un acorazado “de bolsillo” que sería utilizado durante la Segunda Guerra Mundial.

El Panzerschiff Admiral Graf Spee, gemelo del Deutschland y del Admiral von Scheer, fue botado en los astilleros de Kiel hacia 1934. Su desplazamiento total no excedía de las diez mil toneladas, para cumplir con la restricción que imponía a Alemania el Tratado de Versailles. Con plena carga, el porte se elevaba a 16.200 toneladas.

Tabiques interiores de duraluminio y planchas de acero unidas por soldadura autógena (en lugar de remache) habían servido para aligerarlo de peso. Un radar –hoy primitivo- con antena bipolar , dos aviones de reconocimiento –uno desarmado en la bodega- y generosos tanques de combustible le permitían una autonomía de navegación de 14.500 kilómetros con gran cobertura operativa.

No era un barco muy veloz (50 km por hora) si se lo pensaba como crucero, pero sí era veloz si se tenía en cuenta que en el exiguo espacio de 188 metros de eslora por 7,3 de manga mínima se habían podido instalar seis cañones de 280 mm; 8 de 150; 6 de 105 y ocho de 37; diez ametralladoras de 20mm; ocho tubos lanzatorpedos y la catapulta del hidroavión. Un acorazado de bolsillo que burlaba la restricción de Versailles y que hablaba, al mismo tiempo, de una seria intención beligerante de Alemania al comienzo de la década del 30.

La guerra ha comenzado

“Esta foto que ve aquí la tomé yo desde el puente, en septiembre de 1939, cuando navegábamos por el Mar del Norte. El capitán Langsdorff nos reunió a todos en cubierta y nos informó que la patria había entrado en guerra, y que iba a necesitar de nosotros. El Graf Spee tenía que ir al Atlántico Sur a interrumpir las líneas inglesas de abastecimiento desde Australia y Sudamérica”


Quien habla es Rudi Stefanowski, septuagenario, cañonero del Graf Spee radicado desde hace medio siglo en nuestro país. Es uno de los pocos tripulantes del acorazado de bolsillo que llegaría a ver –hipotéticamente- cómo reflotan en Punta del Este los restos de aquella nave de guerra que un día lo trajo hasta la Argentina (un poco involuntariamente, hay que decir).

“Entré a la Marina en 1937, como voluntario. Hice seis meses de preparación en tierra y luego embarqué en el Schlewig-Hollstein, un acorazado construido en 1908 y que había servido en la guerra del ’14. Estas fotos que ve son de cuando hice el primer viaje. Estuvimos en las costas inglesas, españolas, en Canarias, en Cuba, en Venezuela”.

Anita, la esposa de Rudi desde el convulsionado 1945, trae otros álbumes, fotografías y cartas; acompaña el relato que el suboficial Stefanowski, artillero a cargo de una de las piezas de 150 mm del Graf Spee hace de su vida. No muy diferente del que ella misma –una de las tantas hijas de colonos alemanes en la Argentina casadas con tripulantes del Graf Spee- podría hacer.

“La misión que teníamos –prosigue Rudi- fue cumplida. Entre septiembre y diciembre de 1939 capturamos y hundimos nueve barcos mercantes, en el Atlántico y en el Índico. Como el barco era gemelo del Deutschland y del von Scheer (había muy pocas diferencias en el castillo y en la torre), el capitán Langsdorff a veces ordenaba cambiar el nombre o pintar de algún color distinto. Los ingleses estaban creídos de que había más de un crucero alemán en el Atlántico Sur, y era sólo el Graf Spee”.

“El barco de aprovisionamiento que teníamos en el Atlántico era el Altmark, que cargaba combustible en el Pacífico (Lima y Valparaíso). Algunas veces transbordábamos al Altmark a los prisioneros de los barcos hundidos o capturados. Había muchos angoleños o mozambiques, como los que ve en la foto”.

El artillero Stefanowski sigue recorriendo el álbum. Las pequeñas fotografías de 6×6 o de 6×12, fotos de aficionado, hablan de un interés por documentar todo lo que vivía y veía. Hasta un tiburón a flor de agua mereció el disparo oportuno de la cámara.

“Dos veces estuve a punto de alimentar con mi cuerpo a los tiburones. La primera fue en las Indias Occidentales, el Caribe. No le hice caso a mis compañeros y me tiré al agua desde el bote , para nadar un poco. Insistían en que subiera, así que regresé. Apenas regresé al bote, vi pasar una sombra inconfundible atrás mío. Casi no cuento el cuento. La otra vez fue en el Graf Spee. Se enredó la cuerda de un bote en la hélice y yo me tiré con el cuchillo entre los dientes y la corté por abajo. Cuando subí, un oficial me felicitó por la acción, pero me dijo que no corriera otra vez esos riesgos. El mar estaba lleno de tiburones”.

Enhebrando una y otra anécdota, Rudi Stefanowski recuerda cuando una vez sus servicios de improvisado hombre-rana le valieron una condecoración.

“Llegamos con una lancha hasta un carguero inglés que habíamos detenido. Entonces vi que uno de los tripulantes tiraba un paquete al agua y me lancé a recupearlo. Era el libro de claves de la flota inglesa en el Atlántico”.

Una batalla naval en serio

El hunting group (partida de caza) enviado por el Almirantazgo inglés para acabar con el molesto y destructivo acorazado de bolsillo. Fue casi una task-force: Exeter (8.390 ton, capitán S.Bell); Achilles (7.030 ton, capitán W.F.Parry); Ajax (6.985 ton, capitán Ch. Woodhouse), más el apoyo del crucero pesado Cumberland, que no llegó a entrar en acción.

Según cuenta Rudi Stefanowski, los días 12 y 13 de diciembre el avión de reconocimiento del Graf Spee estaba averiado y eso posibilitó a la partida de caza inglesa sorprender al crucero alemán. Los pormenores del encuentro son conocidos: el Graf Spee puso fuera de combate al Exeter, pero resultó severamente averiado y con bajas en su tripulación. El mismo capitán Hans Langsdorff fue herido en la batalla. Ante la inminencia de un desastre, Langsdorff puso proa a Montevideo –puerto neutral- con la esperanza de reparar allí las averías y cargar combustible.

Lo que no tuvo en cuenta el capitán del Graf Spee fue la presteza y habilidad del servicio diplomático inglés, que a través de su embajador en Montevideo, sir Eugen Millington Drake (no en vano se portan ciertos apellidos), consiguió que gobierno uruguayo diera un plazo perentorio –e insuficiente- al Graf Spee para abandonar el puerto.

La suerte estaba echada. Dice Stefanowski: “Durante toda la noche estuvimos inutilizando las piezas de artillería y los equipos electrónicos del barco, arrojando muchas partes al agua allí mismo, en el puerto de Montevideo… Si quieren buscar cosas del Graf Spee, que busquen allí, y no en Punta del Este. El día 17 trasladamos por la tarde mucha gente a tierra. La lancha iba y volvía llena de gente, a la vista de los ingleses. Pero había unos 20 tripulantes por viaje que no volvían al barco. Al atardecer, el capitán Langsdorff y un grupo de 36, entre los que estaba yo –que me ocupé de levar anclas- llevamos el Graf Spee a cuatro millas de la costa y lo hicimos estallar con todos los explosivos que quedaban a bordo. Un poco antes nos transbordamos al Altmark y de allí a remolcadores argentinos. El capitán se suicidó el día 20 en el Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires. Antes nos había hablado a todos. Nos había dicho –a los oficiales especialmente- que tratáramos de conseguir ropa de civil y regresar a Alemania, que nos necesitaban”.

Explosión del Graf Spee frente al puerto de Montevideo

El artillero Stefanowski cree que el capitán Langsdorff tuvo instrucciones del Alto Mando de hacer lo que pensara conveniente, y que decidió hundir al Graf Spee simplemente para evitar que cayera en manos inglesas y fuera reciclado.

Internados y prófugos en la Argentina neutral

Con arreglo a los acuerdos de Ginebra (1864) para guerra marítima y a las convenciones de La Haya (1899 y 1907) para guerras terrestres, el gobierno argentino dispuso la internación de los “náufragos” del Graf Spee hasta la finalización de la contienda. La oficialidad fue confinada en Martín García, mientras que la suboficialidad y la tropa, luego de alojarse en el Hotel de Inmigrantes, fue ubicada en residencias y campamentos del interior del país.

De los 1.140 tripulantes del crucero, 35 habían muerto en la batalla; algunos, después; y otros tantos se habían fugado aprovechando el benigno régimen de internación (el diario El Mundo de Buenos Aires informaba el 9/4/40 que once oficiales se habían fugado y protestaba contra la “vista gorda” del gobierno argentino).

Un total de 1.039, según da cuenta el diario La Razón de Buenos Aires ese mismo año, fue distribuido en distintas provincias, principalmente Mendoza, Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires (lugares con importantes colonias alemanas).

En 1943, Stefanowski y un importante grupo de internados del Graf Spee fue trasladado al Club Hotel de Villa Ventana, lujosa construcción –hoy destruida- enclavada en las sierras del sur bonaerense y que había pertenecido a los ferrocarriles británicos (era residencia de veraneo del personal jerárquico).

“En esa época –cuenta Stefanowski- sólo nos ocupábamos de cazar, pescar y cortar leña. El Club Hotel había sido abandonado en perfectas condiciones y sólo tuvimos que reparar y hacer funcionar la usina eléctrica”.

Casamiento múltiple de refugiados del Graf Spee en Buenos Aires

En 1945, Stefanowski se casa con Ana; y su camarada Bernard Traupt con Rosa, una hermana de ésta, también perteneciente a la colonia alemana de Coronel Suárez. A pesar de ello, finalizada la guerra, es devuelto a Alemania con el grueso de los internados.

Confinado –nuevamente- en Munsterlager, un campo de prisioneros bajo control inglés, recibe documentación y un permiso para trabajar y radicarse en Alemania (sic).

Entonces, visita a sus padres, reconoce la aldea de Warsleben, su sitio natal, que había quedado “del lado ruso”. Trabaja como techista en Hannover y finalmente consigue desplazarse hasta Austria, Italia, puerto de Génova y por fin, ya sí por elección, la Argentina.

Junto con Ana abre una cervecería en Rosario. La llama Grinsing, como un bello barrio de Viena. En 1949, abre Caballo Blanco en San Lorenzo. Ese mismo año nace Roman, su único hijo.

En los ’50, abre la hostería Cruz del Sur en Sierra de la Ventana. Termina de fundirse allí y entonces se emplea en la cervecería de otro alemán (Gambrinus) y en el Hotel Austral de Bahía Blanca.

Hacias los ’60, se asocia con otros dos para explotar el Hotel Suizo, en la ciudad sureña. Más tarde, instala su propia “Munich” allí. Por último, crea el restaurante “Graf Spee”, que florece durante el corto período 1972-76.

Con el producido de la venta del Graf Spee gastronómico, Stefanowski compra una pequeña chacra en Coronel Suárez, para estar cerca de su hijo Roman, que ha regresado de Alemania con un título de técnico en molinos harineros. Pero su corazón no anda del todo bien, por lo que vende la chacra de Suárez y se radica definitivamente en Bahía Blanca. Naturalizado desde 1949, percibe hoy una pequeña jubilación argentina y una pequeña asistencia alemana por los años trabajados allá.

Su vida no fue tan aventurera como la del camarada Helmut Berlin, tornero del Graf Spee, quien halló la martingala perfecta para las ruletas de Mar del Plata y Necochea, estudiando el desgaste de los bujes de bronce, y se hizo muy rico (aunque le prohibieron de por vida la entrada a los casinos). Tampoco fue tan afortunada como la de su camarada Helmut Hanussa, que pudo regresar “bien” a Alemania.

La vida de Ana, que amasa los “ñoquis del 29” mientras escucha el relato –y que cocinó durante 32 años en negocios propios y ajenos- tampoco fue tan afortunada –tal vez- como la de su hermana Rosa, que vive con su familia “de lado ruso” de Alemania y tiene dos meses y medio al año para veranear en las costas del Báltico.

La vida de Rudi fue sí, tal vez, como la de su camarada y amigo Heinrich Lince, fallecido en Bahía Blanca a mediados de junio pasado. Juntos se reunían a evocar la aventura del Graf Spee, juntos se reunían a repasar el álbum. Mientras agonizaba de un cáncer, Lince le dijo a su amigo: “Ya puedes irte, Rudi”. A la mañana siguiente, la esposa de Lince vino a avisarle que había muerto.

“Yo no sé dónde se está mejor o peor –reflexiona Rudi-, si aquí o allá. Este país me recibió muy bien en una época de abundancia. Por las calles de Rosario, aún en los barrios humildes, se olían los asados. Los carniceros decían “a ustedes (los alemanes) les gusta el hígado” y nos lo regalaban. Se podía andar paseando a cualquier hora, sin problemas. Luego vinieron tiempos duros, pero nunca me faltó oportunidad de trabajar. Yo le estoy muy agradecido a la Argentina”.

Lo que sale a flote y lo del fondo

Rudi Stefanowski es miembro de la Bordkameradschaft Panzerschiff Admiral Graf Spee, que vendría a ser una asociación de veteranos del Graf Spee. La asociación edita semanalmente el boletín Spee Info, donde se da cuenta de los decesos, se transcriben testimonios y se cultiva la memoria del legendario capitán Hans Langsdorff. Por su parte, la Marina de la RAF (República Federal de Alemania) ha botado un nuevo Graf Spee, con los últimos adelantos técnicos en la materia.

Cada tanto, en ocasiones especiales, se reúnen los veteranos que quedan en la Argentina (248), los que están en Uruguay (9) y algunos de los 312 que quedan en Alemania (un centenar en la RAF y el resto en la RDA).

El último homenaje importante se realizó en diciembre de 1979 y contó con la asistencia de marinos alemanes, ingleses y neocelandeses. En el discurso pronunciado en la ocasión, el capitán (RE) Friedrich Rasenack de la Armada de la RAF, residente en la Argentina, precisó el alcance del homenaje conjunto al capitán Langsdorff.

“En su lucha contra los barcos mercantes aliados, el capitán Langsdorff respetó las reglas internacionales y observó siempre las medidas humanitarias para salvar vidas de los tripulantes de los barcos que hundió. Ni un marinero de esos barcos mercantes perdió la vida”.

Un año antes, para aventar suspicacias, había declarado al diario La Prensa de Buenos Aires. “Somos apolíticos (sic) Lo que nos une después de tantos años es el recuerdo del capitán Hans Langsdorff. Si no hubiese sido por la decisión del capitán Langsdorff de hundir el barco y salvar a la tripulación, la mayoría de nosotros posiblemente no estaría hoy con vida”.

La vinculación de la muerte “con honor” del vicealmirante Von Spee y sus hijos con la del capitán Langsdorff y su hijo (que fue hombre-torpedo en una de las batallas navales de la Segunda Guerra), es más que evidente. Von Spee en Malvinas contra la flota inglesa. Langsdorff en el río de la Plata, también contra la flota inglesa. ¿Qué piensa Rudi Stefanowski de nuestra guerra de las Malvinas?

“Cuando un soldado defiende a su patria, siempre lo hace bien, lo hace de la mejor manera posible. Claro que si es correntino o del Norte y lo mandan al Sur; si no tiene instrucción ni armas equivalentes, él no es responsable de la derrota. Los soldados argentinos fueron muy valientes y son respetados”.

Rudi Stefanowski se despide del cronista del diario Sur e informa que participará del homenaje previsto para diciembre, cuando viajarán 50 veteranos desde Alemania y se reunirpan con otros en Rosario, Córdoba, Montevideo y Buenos Aires. Vendrá como siempre Ingebor Langsdorff, hija del, hija del recordado capitán cuyos restos descansan en el cementerio alemán de Buenos Aires.

Eso sí, Rudi no cree que el barco hundido, a pesar de la intimación del gobierno uruguayo al empresario Daniel Tobasso, vaya a ser reflotado.

La intriga que ronda al cronista –y quizá también al lector- es si este proyecto declarado en el Uruguay “de interés turístico” es sólo de interés turístico. Y si cuando emerja de las aguas el mascarón del Graf Spee, que es un águila con la cruz gamada, a los ex tripulantes del Exeter, el Achilles y el Ajax –y también, por qué no, a algún tripulante del Graf Spee, no les darán ganas de hundirlo nuevamente, para siempre, en el fondo del río.

—————

(Publicado en el diario Nuevo Sur el 3 de septiembre de 1989, cuando ya el gobierno uruguayo y un empresario proponían reflotar los restos del barco hundido muy cerca de Montevideo. Recién en el año 2006 fue encontrada el águila del mascarón de proa de la embarcación nazi. Días atrás estalló una polémica en Uruguay tras el anuncio del presidente Lacalle Pou de que sería fundida para convertirla en una paloma de la paz. Finalmente la idea fue desechada ante las críticas por destruir un monumento de valor histórico.)

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Todos tenemos hollín en los pulmones, por Hernán López Echagüe

El 25 de enero de 1997, la sociedad argentina se veía sacudida por un crimen atroz: un reportero gráfico de la revista Noticias, aparecía muerto, calcinado, con las manos y pies atados y dos disparos en la cabeza después de haber ido a cubrir de una fiesta de renombrados empresarios de Pinamar. La autopsia demostró que Cabezas tenía hollín en los pulmones, lo que indicaba que aún respiraba cuando el auto con él en su interior era invadido por las llamas. Las investigaciones recorrieron muchas pistas, varias de ellas fraguadas por la Policía Bonaerense que demostraba una y otra vez intentar desviar la investigación y resolver rápidamente el caso. El diario La Nación, le solicitó una nota al periodista Hernán López Echagüe quien se había convertido en emblema del ‘periodista agredido” luego de sufrir dos agresiones -un navajazo de advertencia en la puerta de su casa y un intento de secuestro en los alrededores del Bingo de Avellaneda, abortado por la aparición de un patrullero-. La persecución López Echagüe provenía de sectores del Mercado Central ligados a patotas Duhaldista. Desde Uruguay, en donde intentaba recuperar la tranquilidad y finalizar un nuevo libro sobre la Triple Frontera, escribió de un tirón este artículo.

Hoy lo recuperamos para el Archivo de LCV, tomado del libro ‘Postales Menemistas’ editado por editorial Perfil, quien publicó una compilación de artículos de este joven periodista que luego de recibir más amenazas y una catarata de juicios por la publicación de su libro “El Otro” dedicado al entonce gobernador Duhalde quien se disputaba la conducción del peronismo con el president Menem, buscaría refugio con su familia del otro lado del río.

Todos tenemos hollín en los pulmones, por Hernán López Echagüe

Febrero de 1977, diario La Nación

El asesinato de José Luis Cabezas es un hecho obsceno, cometido en una sociedad habituada a cerrar los ojos ante la obscenidad, o, en el mejor de los casos, a tomarla como un avatar, como un mal pasajero. Es dable preguntarse si en este caso la sociedad cobrará vida o, como ha sucedido en otras ocasiones, pronto olvidará el mazazo, se abrazará a los electrodomésticos, al fetiche de la estabilidad, y por fin añadirá el episodio a la extensa lista de obscenidades que han ocurrido a partir de mediados de 1989: los sopapos, navajazos y amenazas a periodistas; el asesinato del obrero Víctor Choque en Tierra del Fuego; las agresiones sufridas por el fiscal fiscal Pablo Lanusse; el assinato de María Soledad Morales, las decenas de atropellos cometidos por la Policía de la Provincia de Buenos Aires; los disparos contra Fernando ‘Pino’ Solanas; los feroces atentados contra la comunidad judía; la continua represión a manifestaciones; las enigmáticas muertes en torno a la Aduana; etc, etc, etc.

Obscenidades que parecen lejanas en el espacio y en el tiempo.

Presumir, como buena parte de la sociedad presume, que el asesinato de Cabezas no ha sido más que un brutal ataque a la libertad de expresión, comporta un grave desatino cuyas consecuencias habrán de aflorar tarde o temprano. El asesinato de Cabezas ha sido la lógica culminación de una serie de obscenidades frente a las cuales, continua e ingenuamente el gobierno ha pretendido permanecer ajeno.

Desde luego, en el interior de la gente que ha cometido este crimen impera el fuego. Pero es menester avivarlo.

Basta echar un vistazo a la historia del país para comprender que hechos de esta naturaleza suceden cuando los gobiernos crean y promueven las condiciones políticas, sociales y morales y éticas que tornan posible su comisión. Cuando los gobiernos hacen de la obscenidad uno de sus rasgos más distintivo.

Obsceno es que los actos de un gobierno procuren satisfacer, pura y exclusivamente, la ley del libre mercado y los antojos de un puñado de empresarios sin escrúpulos. Obsceno es que un presidente, a viva voz, celebre el ingreso de capitales sin importarle su procedencia. Obsceno es que los funcionarios de un gobierno aparezcan enlazados, una y otra vez, a personajes como Al Kassar, Gaith Pharaom, Ibrahim Al Ibrahim, Yabrán o Ghadaffi, es decir, al narcotráfico, al matonaje, a los negocios turbios. Obsceno en extremo es ignorar la independencia del Poder Judicial y llamar ‘delincuentes’ a periodistas y opositores.

Pero más obsceno que todo es la inercia. Cuando el virus de la quietud y de la indiferencia se instala en una sociedad, no hay medicina que logre aplacar sus terribles efectos. Al igual que en épcas de muerte y oscurantismo, con el correr del tiempo la solidaridad se difumina, la identidad lanquidece, y crímenes como el de Cabezas, por tanto, adquieren el caracter de cosa común y ordinaria.

Cuando una bomba destruyó el edificio de la embajada de Israel, todos repletamos las calles de Buenos Aires y en silencio, con los párpados apretados, todos fuimos judíos. Pero no fue otra cosa que un relumbre de solidaridad, un compromiso tan duradero como un estornudo; algo más parecido a una fugaz visita de pésame que a un acto fundado en hondas convicciones. Porque tiempo más tarde, y una vez más a lo largo de contadas horas, estimamos sensato colocarnos nuevamente el disfraz judío, como en un multitudinario baile de máscaras.

Todos estamos entrelazados por un lugar común que va más allá de fortuitas diferencias religiosas, filosóficas, políticas o profesionales: la vida. Y sin embargo estamos habituados a que nos reúna la muerte.

Una sociedad adormilada, que no emerge de su insultante letargo, no puede exigirnos a los periodistas que frente a hechos de esta índole inflemos el pecho y sin rodeos continuemos hurgando en esas enormes cloacas que nosotros no hemos inventado. No somos corresponsales de guerra, aunque a menudo plumas y lentes deban desplazarse entre escombros y cenizas, entre bandas violentas que han convertido al país en un inabarcable campo de batalla donde la vida es ingrávida.

Desde la madrugada del sábado último, y de modo ya irremisible, todos los argentinos somos José Luis Cabezas. Todos tenemos hollín en los pulmones. Todos estamos encerrados en el interior de un vehículo en llamas, en un camino de tierra, a contados metros de opulentas mansiones en cuyos jardines la fiesta continúa.

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ARCHIVO/La corrupción sigue estando de moda, por Oscar Taffetani

Esta semana, el maestro Oscar Taffetani comparte una nota de su archivo personal escrita el 16 de mayo de 1993 –hace 31 años-. Eran los noventa, tiempos de “menemato” cuando estallaba el boom de los escándalos de corrupción. Nunca, hasta ese momento, se habían visto tantos funcionarios procesados por malversación de fondos, coimas, contrabando, venta ilegal de armas o enriquecimiento ilícito. La lista es larga. Algunos han pasado rápidamente al olvido, como el ex concejal justicialista José Manuel Pico condenado por la justicia porteña a cinco de años de prisión y diez años de inhabilitación para ocupar cargos públicos, por el delito de enriquecimiento ilícito. “Me quieren convertir en un monstruo”, se lamentaba, conciente de que él no hacía nada diferente a lo que hacían todos. Fue el primer político de cierta relevancia condenado por corrupción a quince días de las elecciones presidenciales.

Con mejor o peor suerte, tuvieron que sentarse en el banquillo de los acusados altos funcionarios, entre otros: Carlos Grosso; María Julia Alsogaray; Víctor Alderete; José Luis Manzano, Antonio Erman González; Carlos Corach; Amira y Emir Yoma; Ángel Eduardo Maza; Domingo Cavallo; Gostanian y el propio presidente Carlos Menem quien fue condenado por peculado, contrabando de armas y sobresueldos, pero gracias a los fueros nunca debió cumplir su pena. En 1994, el presidente del Banco Nación, junto a ex directores y cinco empresarios fueron procesado por el supuesto pago de 21 millones de coimas a IBM por la renovación de su sistema informático. El hermano y secretario de uno de los imputados, Marcelo Cattáneo, apareció suicidado. Las muertes dudosas de personajes vinculados al gobierno iban en aumento.  

Distintos negociados fueron tapa de diarios y revistas. Los libros de investigación eran Best Sellers (Robo para la Corona, de Horacio Verbitsky; El Otro, de Hernán López Echagüe; El Jefe, de Gabriela Cerruti; o Pizza con Champagne de Silvina Walger, se vendían por cientos de miles). Con buen tino, Oscar Taffetani titulaba una nota publicada en la revista Nueva: “La corrupción está de moda”. Una moda que llegó para quedarse.

¿Cuáles son las razones y la solución de semejante descalabro? O.T. recorre los principales hechos de corrupción en Argentina y el mundo. ¿Cómo salir de esta telaraña? Un debate más vigente que nunca.

Corrupción está de moda

Un fantasma viscoso recorre el planeta. Los diarios lo llaman corrupción. Los políticos y los periodistas lo llaman corrupción. La gente lo llama corrupción. ¿De qué se trata?

El barón de Montesquieu escribió en alguno de los treintaiún volúmenes que componen Del espíritu de las leyes (1748), que “el principio de democracia se corrompe cuando una nación pierde el espíritu de igualdad y lo interpreta arbitrariamente”.

Según el ilustre barón (a quien solemos citar de oído), una neta separación entre los poderes del Estado produce la mutua limitación que salvaguarda las libertades.

Claro que el sistema que Montesquieu tomaba por modelo de democracia era el inglés, donde el Poder Ejecutivo reposaba en el Príncipe (consorte o sinsorte), el Legislativo en la Cámara de los Lores (reclutados en la nobleza) y el Judicial en esas convulsionadas cortes provincianas que supieron describir Shakespeare y Marlowe.

En cuanto a los “países cálidos” (así llamaba a las colonias africanas, asiáticas y americanas), el tratadista observaba que “están más dispuestos que los fríos a la servidumbre”… Hasta allí Montesquieu.

Montes… ¿quién?

En América latina, lo mismo que en los jóvenes países africanos y asiáticos, la democracia política padece aún hoy el vicio del caudillismo. Los tres poderes suelen estar sujetos a la voluntad de uno solo: el Ejecutivo.

Cuando se habla de corrupción, entonces, por lo general, se habla de un juez o un legislador sobornado, de un amigo o un pariente del “Número 1” que se acomoda en un puesto público, que resulta beneficiario de una dudosa licitación o que impunemente viola las leyes al amparo de su protector.

De esta clase de corrupción sabemos mucho en América latina. La historia del continente –sin necesidad de hacer revisionismo– está plagada de caudillos, militares y civiles, que convirtieron su antojo en ley severa, que se enriquecieron en la función pública, que entraron al gobierno por la puerta grande, “para acabar con la corrupción” y salieron por la puerta de servicio, entre gallos y medianoche, con los bolsillos llenos.

En los países anglosajones (algo de razón tenía Montesquieu) la vigilancia civil sobre los poderes es mayor. Los ciudadanos que sangrientamente conquistaron sus derechos poniendo fin, o por lo menos un límite, a la monarquía, saben defenderlos mejor.

No están libres del azote de la corrupción (que prefieren llamar inmoralidad), pero tienen aceitados los mecanismos democráticos para combatirla.

El affaire Watergate en los Estados Unidos (espionaje republicano en la sede del Partido Demócrata) le costó la presidencia a Richard Nixon. El affaire Irán-contras (llamado por la prensa Irangate) llevó a un juicio público a altos jefes militares y determinó el cambio de política hacia Centroamérica.

Curiosamente, los hechos inmorales de más gravitación en la política norteamericana fueron descubiertos por la prensa. Dos periodistas del Washington Post, amparándose en la Quinta Enmienda de su Constitución, desataron el escándalo que acabó con Nixon.

El cuarto poder entra en escena

¿Son posibles los Watergates en América latina? Ardua pregunta. La regla –salvo raras excepciones– es que todo concluye con la denuncia. Los efectos jurídicos no van más allá de la renuncia al cargo por parte del funcionarios involucrado o de un “fusible” de éste.

No obstante, debe reconocerse que haber hecho públicos los ilícitos y haber conseguido la renuncia o alejamiento de funcionarios corruptos, no es poco mérito, habida cuenta de la ostensible lentitud del Poder Legislativo y la mora del Poder Judicial para intervenir en esas cuestiones.

Otra pregunta que puede escucharse en la calle es: ¿Hay más corrupción ahora que antes? ¿O es que ahora se sabe más?

Las respuestas invariablemente estarán teñidas de un color político. A pesar de ello, habrá coincidencia general en observar que, gracias a la existencia de una prensa independiente y diversa, hoy puede saberse más de lo que pasa “en palacio”. La ciudadanía dispone de un instrumento tan poderoso como aquéllos –devaluados– que le brindó la bicentenaria Revolución Francesa.

No todas son rosas en la Galaxia Gutenberg, por supuesto: un medio de prensa puede ser sobornado, como puede serlo un policía, un juez, un legislador. Pero corre también el riesgo de quedar en evidencia y sufrir un terrible castigo: que los lectores dejen de comprarlo.

En ocasiones, los diarios, radios o canales televisivos son instrumento de una singular batalla. Es cuando los acusados de corrupción se defienden denunciando algún fraude o ilícito cometido por sus acusadores.

La batalla –aquí reaparece Montesquieu– no es mala en sí misma, puesto que ayuda a que se conozca toda la verdad. El libre juego de los poderes, incluido el Cuarto, es el mejor certificado de buena salud del orden democrático.

Mal olor en el planeta

Una mirada a la política internacional, poco antes del fin de siglo, podría acabar con las más recónditas esperanzas de justicia. En todas partes se cuecen habas. En todas partes había –o hay– corrupción política.

EN EL PRIMER MUNDO

No hace tanto desde que se conocieron las coimas que pagó la Lockheed Aircraft para colocar sus aviones en países “intachables” como Suecia, Francia, la ex República Federal de Alemania y el Japón. Desde el Príncipe Bernardo de Holanda (quien provocó la abdicación de la reina Juliana) hasta el primer ministro japonés Kakuel Tanaka (quien prefirió que el harakiri se lo hicieran algunos ofuscados kamikazes), todos recibieron su sobre o su giro reservado a un banco suizo.

Recientemente –para no abundar en ejemplos– estallaron escándalos en Inglaterra (por comisiones de los ministros en la privatización de servicios); Francia –por “donaciones” y blanqueo de dinero negro a través de partidos de centro-derecha y centro-izquierda–; España (por comisiones en las obras de Expo-Sevilla, finanzas negras y sobornos en el PSOE); Italia –por relaciones de los principales dirigentes políticos y del gobierno con la mafia– y hasta en el lejano, insospechable y poderoso Imperio del Sol Naciente (por declaraciones del político sobornador Shin Kanemaru, quien destapó una olla que no contenía precisamente arroz).

EN EL EX-SEGUNDO MUNDO

El advenimiento de la era Gorbachov puso al descubierto las prebendas y turbios manjeos de los dirigentes soviéticos de la era Brezhnev. No terminó allí la danza: los dirigentes del ex PCUS vaciaron las empresas estatales y fugaron divisas hacia los bancos suizos poco antes de la caída de Gorbachov y el ascenso de Yeltsin.

Uno de los países que aún se declara regido por los principios del socialismo, Cuba, conjuró hace tres años un escándalo por narcotráfico que amenazó acabar con el gobierno de Fidel y Raúl Castro. El chivo emisario fue el fusilado general Ochoa, Nº 3 de la nomenclatura cubana.

EN EL TERCER MUNDO

En la Argentina, el reelecto presidente Carlos Menem ostenta el récord de tener la mayor cantidad de funcionarios procesados en la historia de su país y la región.

La caída de Ferdinando Marcos, en las Filipinas, ocurrida hace unos años, puso al descubierto el enorme grado de corrupción que puede generar un gobierno cuando aspira a perpetuarse.

El affaire Collor, en Brasil, fue un caso reciente de corrupción política (enriquecimiento ilícito) con desenlace ejemplar: el juicio político y destitución del Presidente por el Parlamento.

EN LAS NACIONES UNIDAS

El jefe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), de origen japonés, fue acusado de comprar su reelección. La denuncia extiende las sospechas a casos anteriores (como el del ex SS Kurt Waldheim).

EN LAS ORGANIZACIONES ECOLOGISTAS

Generation Ecologie, un partido verde francés cuyo dirigente Brice Lalonde fue designado ministro de Medio Ambiente, aceptó importantes contribuciones financieras de empresas a las que decía combatir (como la Sandoz suiza, principal contaminadora del Rhin).

Mal de muchos ¿consuelo de tontos?

Martin Woollacott, del periódico londinense The Guardian, se refirió en un artículo a las distintas formas de corrupción política existentes en el mundo. Desde lo que en Francia llaman “tremper le pain dans le sauce” (mojar el pan en la salsa) hasta lo que los japoneses llaman sin pudor “política del dinero”, pasando por la Tangente italiana, todopoderosa antes de la llegada de los mani pulite. Al hablar Woollacott del mundo anglosajón, desliza irónico: “…tenemos formas menos obvias de corrupción, además de la justa cuota de soborno y de coima…”

He allí una de las probables causas del gran destape de fin de siglo: lo que los Estados y el mismo sistema mundial no toleran no es la corrupción habitual (el “punto” o “punto y medio” de comisión que lubrica el comercio internacional). Lo que el sistema mundial no tolera –porque vuelve imprevisible el futuro de la humanidad– es el exceso de corrupción, esa masa viscosa que entorpece el desarrollo de la economía y las relaciones internacionales.

Desde un punto de vista pragmático, entonces, –dejando el idealismo para mejor momento–, de lo que se trata es de llevar los niveles de corrupción administrativa y política al mínimo posible.

¿Quién puede hacerlo?

Allí regresamos a Montesquieu, aquel pensador francés que fue bautizado en brazos de un pordiosero (porque sus padres querían que aprendiera de niño que todos los hombres son iguales ante Dios). Regresamos a Montesquieu y hallamos que la mejor manera de combatir la corrupción, en casa y en el mundo, es garantizar la independencia de los tres poderes (incluido el cuarto) y luchar por un ejercicio moral de la política.

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Archivo

ARCHIVO / Nunca te bañes con tus primas, por Ricardo Ragendorfer

Este artículo fue publicado por la revista El Porteño en la sección Serie Negra de junio 1989. Por entonces, conceptos cómo “violencia de género” y “femicidio” eran catalogados bajo la inexacta nomenclatura de “crimen pasional”. Pero en las extrañas muertes de Irma Gijón y Gloria Fernández ni siquiera fue considerada esta hipótesis. Y por una razón de peso: su carácter sobrenatural hizo que rebasara las fronteras del hecho policíaco para convertirse en una pieza única de la literatura gótica, pero del mundo real. RR

Foto de la publicación original, gentileza del autor

Bajó de la ambulancia, verificó la altura de la calle y tocó el timbre. Media hora antes, la telefonista del Hospital Municipal de Vicente López expidió una orden de visita en favor de Gloria Fernández, especificando como motivo una simple descompostura. Cuando el médico cruzó el hall y fue llevado al living, encontró a la paciente recostada en un sofá.

La mujer que lo hizo pasar sólo le dijo:

–Se empezó a sentir mal a la tarde, después de comer.

El recién llegado se calzó el estetoscopio y auscultó el pecho de la enferma. Luego extrajo una linterna de bolsillo y pasó a escudriñar el color de la garganta. Acto seguido, se puso a redactar una receta. Y mirando a sus interlocutoras, recitó el diagnóstico:

—No es una descompostura. Aunque puede ser que el almuerzo haya caído mal. Para mí, es un estado gripal. Tiene la presión baja y unas líneas de fiebre. Tómese un Multín cada seis horas. Por lo del estómago, no coma nada pesado; es más, si aguanta, trate de no cenar.

Dicho esto, guardó sus instrumentos y se perdió por la puerta, saludando con un imperceptible movimiento de cabeza. Y ya en la ambulancia, le comentó al chofer:

–Vinimos por una gripe. Nada más que una gripe.

En ese momento no sabía que el caso no tardaría de complicarse, precisamente por una descompostura, pero no de tipo estomacal.

Tres días después, es decir el domingo 16 de abril, el departamento de la calle Melo 3300, de Florida, se convirtió en centro de atención de investigadores policiales, médicos forenses e, incluso, técnicos de Obras Sanitarias. Sin embargo, los primeros que tomaron intervención fueron simples integrantes de una cuadrilla de Gas del Estado.

A la mañana del día anterior, el propietario del departamento, que moraba en el segundo piso del edificio, percibió la fragancia —según él— inequívoca de un escape gaseoso. No sólo cerró la llave de paso, sino que convocó al personal especializado para que constatara la pérdida del fluido. Los de Gas del Estado no la encontraron.

Recién al día siguiente salió a la luz que semejante aroma correspondía, en realidad, a la descomposición de los cuerpos de Irma Gijón, de 21 años, y Gloria Fernández, de 15, que se estaban pudriendo en la bañera.

El propietario no daba crédito a sus ojos (ni a su olfato).

Ya entonces, ese departamento se encontraba invadido por uniformados y peritos.

En la bañera aún permanecían los cadáveres, flotando en un líquido que no parecía agua, ya que mostraba una tonalidad color ladrillo. El de la más joven apuntaba hacia el este. Frente a ella estaba los despojos de la que, en vida, había sido su prima.

A simple vista, daba la impresión de que la muerte le había llegado justo al sacarse la bombacha, dado que esa prenda estaba muy cerca de su mano, cuyo brazo quedó rígido fuera del receptáculo.

Pero no se puede decir que esas muertes “súbitas y simultáneas”, como fueron caratuladas a falta de más datos, les hayan conferido a sus protagonistas el don de parecer dormidas. Por el contrario, además de la pestilencia propia de la carne al corromperse, la piel de ambas mutó su color natural a un azulado cadmino, correspondiente a la descomposición cadavérica de alguien que dejó el mundo de los vivos hace más de 30 días. Pero el problema era que sólo llevaban en la bañera no más de tres.

A partir de entonces, casi una veintena de peritos, entre los que se encontraban efectivos del SEIT (Servicio Especial de Investigaciones Técnicas), junto a forenses, además de personal policial numerario, pulularon semanas enteras, tanto por el departamento como sobre los cuerpos de las primas Gijón-Fernández, tratando de determinar la causa de tan extraño fin y la razón del desacostumbrado deterioro.

Lo cierto era que los manuales de medicina legal establecen etapas y lapsos, según sea invierno o verano. Así como en un ahogado deben transcurrir entre 3 y 5 días o 5 y 6 horas —depende de la estación— para que se consume la rigidez cadavérica, el enfriamiento del cuerpo y blanqueo de la epidermis, en este caso, sobre la base de partes extremadamente oscuras e hinchadas, más el detalle de brazos y piernas blandas y arrugadas, se determinó que, en teoría, tales cuerpos corresponderían a 30 días de descomposición, si se trataba del invierno, o 2 semanas en temporada estival.

Pero había un hecho cierto: una vecina de las malogradas mujeres echó por tierra los conceptos de la medicina forense, afirmando en su declaración testimonial: “Antenoche (por el 13 de abril) Irma me pidió permiso para hablar por teléfono con el Hospital de Vicente López y llamó a una ambulancia porque su prima sufría una leve indisposición”.

Eso coincidió con la receta hallada en el living, donde se recomendaba la ingestión de Multín, un antipirético. De allí en más, sobre hipótesis tan poco felices como la muerte por electrocución, ahogo, intoxicación e, incluso, la formación de un arco voltaico, pero ante la certeza de que esos decesos sólo pudieron haber sobrevenido a través del trámite propiciador de un homicida, los encargados de esclarecerlos se dieron a la caza del facultativo que había atendido a una de las víctimas poco antes de la muerte.

A decir verdad, la policía tropezó con grandes inconvenientes para dar con el médico. Claro que a la declaración que efectuaría se le asignaba gran importancia. Y luego de una fatigosa búsqueda, el profesional fue hallado: Se trata del doctor Arnoldo Bresciani, médico cirujano, director de una clínica y auditor de un prepago, que además pertenece al plantel del Hospital de Vicente López.

Cuando estuvo frente a los policías que lo interrogaban sobre los detalles de aquella visita, Bresciani comprendió que, a fin de cuentas, el caso tratado tuvo al final que ver con una descomposición.

—No puede ser que el cuerpo de las chicas presente la descomposición de un mes —farfulló, ante un policía de civil que anotaba todo en una libretita.

El médico después declararía: “No fui el último en verlas con vida”. Pormenorizando tal afirmación, Bresciani exhibió los argumentos propios de un experto en novela policiales inglesas: “El domingo por la mañana, cuando entró la policía, encontraron mi receta y un frasco de Multín nuevo, es decir, recién comprado. Estaba abierto y faltaban dos comprimidos. Yo le había recetado a la paciente tomar uno cada 6 horas. Si cumplió con tal indicación, no habría muerto a la medianoche del jueves, sino a la mañana del viernes (…) Si una de ellas fue ese día a la farmacia yo no fui el último en verlas con vida; ni tampoco lo soy si ellas mandaron a alguien a comprar el remedio”.

En síntesis, la investigación policial estaba nuevamente en cero, salvo, lógicamente, las dispares hipótesis irradiadas desde varios medios, que no excluyeron la presunta complicidad de las temibles mambas, una de las más peligrosas especies de serpiente, originaria de Nueva Guinea, cuyo veneno no suele ser proclive a aparecer en los resultados de una autopsia.

Pero hasta ese punto, aunque sin visos de esclarecimiento, el caso de las muertas de la bañera fue una simple investigación policial. A partir de un nuevo episodio, el hecho pasó al rango de la novela gótica. Eso se encarga de declarar el juez Raúl Adolfo Casal, que entiende en la causa:

“Yo, personalmente, hice retirar aquel domingo los cuerpos de la bañera, llevarlos a la morgue y luego ordené higienizar aquella vivienda, donde los olores eran realmente pestilentes. También verifiqué personalmente la limpieza de aquella bañera, su saneamiento y demás trabajos de higiene. Pues bien, dos semanas después decidí regresar al escenario del suceso. El departamento había quedado cerrado con llave y la llave se encontraba en la seccional 1a de Vicente López. Pasé a buscarla y me fui hacia esa casa. Cuando entré, imaginen mi sorpresa al ver que la bañera estaba nuevamente llena de agua y, para mayor asombro, repleta de fauna cadavérica”.

Sobre los contornos de un misterio insondable solo quedan las huellas de los deudos desolados, próximos o involuntarios de un deceso sin explicación aparente.

El médico Bresciani sigue haciendo lo de siempre. Pero su vecina, cuando lo saluda, ya no le mira los ojos y, quizá, piense que en ese hombre flaco y bigotudo está el eslabón perdido de aquel caso que persiste en salir entre los diarios. Al juez Casal, desde el día en que regresó al lugar del crimen, se le pone la piel de gallina cada vez que alguien le menciona el expediente. El propietario de la vivienda, por último, convencido de que ningún necesitado de arrendar un domicilio accedería a asearse en la bañera donde aparecieron las dos primas, no sabe si resignarse a no alquilar más su propiedad, clausurarla, o directamente llamar a un piquete de demolición.

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