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Favaloro: Un diagnóstico que no pierde vigencia, por Oscar Taffetani

Publicado en revista Nueva, en 1991, casi nueve años antes de su muerte.
El Dr. Favaloro nació el 12 de julio de 1923.
Se quitó la vida con un tiro en el corazón el 29 de julio del año 2000.
A las 7.30, puntualmente, fotógrafo y cronista, algo incrédulos, suben por el ascensor que lleva al Instituto de Cardiología del Sanatorio Güemes, en Buenos Aires, uno de los lugares en donde el Dr. Favaloro atiende a sus pacientes, opera del corazón o da una clase magistral. Detrás del escritorio, con la bata puesta, como un bombero de guardia, el cirujano saluda a los periodistas. Es alto, corpulento, y tiene modos campechanos. Si uno lo viera por la calle difícilmente adivinaría su oficio de arreglar corazones. Pero la bonhomía no lo salva a René Favaloro del primer disparo periodístico (después de todo, los otros también tienen su oficio):
- Dr. Favaloro ¿cuál fue la última propuesta política que le hicieron? Ah, no quiero entrar en ese terreno. Estoy cansado de decir que no me van a ver a mí metido en la política. Una cosa es la política general, la Política, con mayúscula, donde sí tenemos el deber de participar, y otra son los cargos políticos. A mayor trascendencia de una persona dentro de su comunidad, mayor es la responsabilidad de participar. Si me piden una opinión, la doy. Nunca dejé de participar. Recuerde que yo me eduqué en la universidad reformista que es la universidad del ‘sí, me importa’. Allí se hablaba de extensión universitaria, de que la universidad debía extenderse a la comunidad. Yo vengo de aquella vieja universidad y siempre me expresé políticamente, aunque no me afilié a partido alguno.
- ¿Cree en la necesidad de vidas ejemplares para la sociedad? ¿se ve a sí mismo como un modelo?
No quiero entrar en la moralina barata. Uno debe tratar de que cada acto que realice esté dentro de los caminos éticos, de eso que aprendió en el hogar, en la escuela, en la vida misma. Le doy un ejemplo: yo aquí sigo atendiendo a todos los pacientes por igual. El que no lo crea, tiene que venir los viernes, el único día que atiendo pacientes, y ponerse allí, donde está usted, si le tengo que hacer una indicación quirúrgica la voy a hacer sin que me importe si es rico o si es pobre. En el equipo compartimos esta mentalidad. Ahí tiene los Diez Mandamientos (la Declaración de Principios) que hacemos respetar en la Fundación.

- Doctor, usted acaba de publicar La Memoria de Guayaquil, un libro que revela el proyecto de integración latinoamericana que ya tenían San Martín y Bolivar, a la luz de ese pensamiento, y del pensamiento de los que vinieron después ¿cómo imagina el futuro argentino?
Mire, primero tenemos que entender que ningún país vive aislado del mundo. Estamos entrelazados. La humanidad ha tenido períodos de estabilidad, períodos de cambios y períodos de transición. Ahora vivimos una transición signada por la revolución tecnológica. La tecnología ha invadido todo, y la sociedad tiene que pensar hasta dónde es inteligente hacer llegar las cosas.
- ¿Se opone al desarrollo tecnológico?
No, para nada. Pero me pregunto si mi abuelo no era más feliz que yo, antes, cuando no había radio y se vivía en la casa, se cultivaba la huerta, se jugaba un partido de naipes por la tarde, se tomaba un vasito de vino…La tecnología lo ha invadido todo. Interviene en lo educativo a través de la televisión. Tiene una influencia tremenda.
Saber mirar
- Bueno, volvamos a la Argentina
Bueno, yo estoy de acuerdo de que en la Argentina se tomen muchas de las medidas que se están tomando, acá el Estado era una cosa monstruosa que frenaba el desarrollo. Pero de ahí a creer que todo debe ser privado hay mucha distancia. Pensar así es no conocer la historia. El Estado tiene que seguir regulando muchas cosas de la vida social, por ejemplo, la educación y la salud. Tiene el caso de Japón que no obstante ser un representante clarísimo de la llamada sociedad liberal, tiene la medicina totalmente estatizada.
- Gran parte de la dirigencia del país toma el modelo norteamericano
Mire, yo creo que nuestro país está lleno de pseudoliberales y no de liberales. Tienen que volver a leer a Adam Smith con cuidado. Ahí hay definiciones que serían sorprendentes para los pseudoliberales ¿usted cree que Inglaterra se hizo grande con el libre cambio o con el proteccionismo? ¿hay o no hay proteccionismo en Estados Unidos donde subsidian a los productores y regulan la importación? Y la distribución del producto interno…¿qué me dice? Vea cuál es la distribución del PBI en los países auténticamente liberales y compare con la distribución en nuestro país, donde la clase obrera no sé si llega al 20%, mientras que en los países adelantados está entre el 40 y el 50%. Yo aspiro a una sociedad en donde la libertad sea el concepto máximo, pero donde exista la justicia y la renta se distribuya de un modo más equitativo.
- ¿Por dónde habría que empezar a cambiar? Por la educación. Conozco América Latina, la he recorrido decenas de veces. Hay miles de problemas para resolver pero la mayoría están conectados con la educación. En nuestro país el estado es calamitoso. Yo voy siempre a los colegios secundarios y hago la misma pregunta: ‘¿qué leyeron?’ Y sí, puede ser que el Martín Fierro, pero uno le pregunta a los chicos por Guillermo Enrique Hudson, por ejemplo, y lo miran como si uno estuviese hablando en japonés. No conocemos a los autores fundamentales que hablan de lo nuestro.
- Algo que tienen en común con Sarmiento, que miran a los Estados Unidos… ¡Pero miran mal! El americano de las series violentas no es el americano medio, el americano común. Yo viví diez años allá, en un barrio de esos que decimos bacán, en Cleveland, y pinté mi propia casa porque todos los vecinos, que eran de clase media alta, lo hacían. El americano en su sótano tiene de todo. Se rompe una canilla, la arregla. Ahorra sus pesitos, corta el césped, trabaja. Ese americano es el que ha construído a los Estados Unidos. Ese es el americano que Sarmiento admiraba. Un país en donde un periodista puede decir por televisión lo que se le canta; un país en el que un juez puede liquidar a un presidente. Están en una crisis tremenda, pero van a salir justamente porque existen esas cosas.
- Si tuviera en sus manos la salud y la educación de la República Argentina ¿qué medidas de primeros auxilios tomaría?
Bueno, aquí lo prioritario es organizar el sistema de salud. Hubo tentativas importantes, habría que rescatar lo que hizo Carrillo, y lo que hizo Oñativia, para nombrar personas de sectores diferentes, pero nos hace falta hacer un gran debate sobre el estado de la salud en Argentina. Habría que reunir a la Universidad, las Academias de Medicina, las entidades que representan a las clínicas y sanatorios, la Confederación Médica, la CGT, los representantes del Estado, los representantes patronales. Elegir un pueblito tranquilo, juntarlos y decirles: tienen 3 meses, o 6 meses, trabajen porque tenemos que organizar la medicina del país como corresponde. Yo soy partidario de un sistema unificado como el de Canadá. Fíjese, de acuerdo al informe del ministro el presupuesto de salud es del 9%, que es casi lo que gasta Canadá. Sin embargo, aquí está mal el hospital público, están mal las clínicas y sanatorios, están mal los sistemas prepagos y, además, la gente se siente mal atendida. Algún día habrá que poner todas esas cosas juntas y discutirlas en profundidad.
- ¿Por qué algún día? ¿Es utópica la propuesta de un gran debate nacional?
En este momento se está trabajando en el Ministerio de Salud. Yo formo parte de la Comisión que intenta relevar el estado actual de la salud y examinar las propuestas. Veremos si tenemos la valentía de decir las cosas como hay que decirlas.
Las raíces
- Usted es de La Plata ¿va allí a menudo?
Semanalmente voy a La Plata. Tengo familiares allí. Está mi casa natal en la calle 5. Allí vivieron mi padre, hasta los 86 años, y me madre hasta los 91. Están mis raíces en La Plata. Para mí es la gran ciudad universitaria. Ha caído bastante últimamente pero sigue siendo un centro cultural.
- ¿Sólo un centro cultural?
La Plata es, fundamentalmente, la universidad. Están los frigoríficos, la destilería, pero para mí es fundamentalmente esa universidad por la que pasaron miles de estudiantes de toda América Latina. Esa universidad que creó, con sentido helénico, Joaquín V. González.
- Y donde se apuntaló la reforma…
Sí, podríamos hablar largo de eso. Da para un libro.Y fíjese que a pesar de la cosa económica, de la crisis, yo sigo gozando de sus calles y sus plazas.

- Usted fue alumno de Martínez Estrada en el Colegio Nacional de La Plata…
Sí, claro, fue mi profesor de literatura. Teníamos grandes maestros allí. La idea de Joaquín V. González fue llevar al Colegio lo mejor, ya sea de la misma universidad o de afuera. Tuvimos maestros como Henríquez Ureña, Magliano, los hermanos Heras, Carlos Sánchez Viamonte, y una pléyade de gente maravillosa. Fíjese que nosotros en el colegio leíamos el Quijote, leíamos a Esquilo, a Sófocles ¡y los analizábamos! No era cuestión de leer fragmentos, como ahora.Y terminaba la clase y salíamos conversando con ellos, con los maestros, por los corredores. Hasta los sábados y domingos íbamos al Bosque, caminábamos conversando sobre el pasto, bajo el roble.
- Algo parecido a la Academia de Atenas… Claro, vaya a ver la parte de atrás del Colegio Nacional, hasta la columnas son atenienses. Se nos daba una formación humanística, se buscaban valores trascendentes. Yo siempre digo que eso es lo que hace falta. Primero formemos al hombre, porque ese hombre va a tener que tomar decisiones en su actividad específica, y esas decisiones van a estar de acuerdo con su formación humana.
- Gracias! ¿Gracias por qué?
- Pensaba que había olvidado de responder cuáles serían los primeros auxilios en educación.
Bueno, en educación tenemos un proyecto importante en la Fundación, claro que no de primeros auxilios. Con el Instituto de Cardiología, Cirugía Cardiovascular y Transplantes de Órganos, la investigación clínica y la docencia se van a desarrollar más. En su estructura arquitectónica y en tecnología, el Instituto está igual o mejor que cualquier centro de excelencia del mundo. Son 238 camas para toda la comunidad. Para toda la comunidad, entiéndase bien. El 10% está dedicado a la atención de indigentes. Hemos creado una red con otros centros de excelencia en el mundo para trabajar todos juntos.
- Usted se la pasa trabajando… Mi padre era carpintero y mi madre modista. Mis cuatro abuelos eran inmigrantes italianos que llegaron a La Plata en el siglo pasado. Los Favaloro son sicilianos, los Raffaeli, toscanos. Éramos gente pobre. Yo tuve que trabajar como un loco para poder estudiar. Ahora sigo trabajando porque no conozco mejor filosofía. Por las mañanas, al afeitarme, me veo igual a mi padre.
- Su jornada, sin embargo, debe ser diferente. Ahora tengo que ir a operar un caso complicado. Después seguiré operando y atendiendo hasta la noche. No almuerzo, me tomo un té y algunas galletitas. Son doce horas diarias de trabajo. Sigo viviendo como en Jacinto Aráuz, como en Cleveland, como acá. Trato de dar lo mejor hoy porque no sé dónde voy a estar mañana.
- La revista Nueva llega a todo el país, yo quería pedirle… ¡Si llega al interior, llega a la verdadera Argentina! Yo sigo convencido de que el cambio que necesitamos va a venir del interior. No lo he dicho yo, lo ha dicho Martínez Estrada, lo han dicho tantos. La Argentina no contaminada está en el interior del país.
- Yo quería pedirle un consejo para los jóvenes. Que no se contaminen, que no pierdan las raíces, que se den cuenta que son de un país con tradiciones culturales muy valiosas que hay que mantener. El mundo va hacia la internacionalización, es cierto, pero aún dentro de la internacionalización, los países deben mantener su estructura, su mentalidad, su alma. Y el alma nuestra está en el interior. En una pared de la Fundación Favaloro cuelgan 47 diplomas. El del centro, con membrete de la Universidad Nacional de La Plata, tiene fecha 22 de agosto de 1949. Desde esa fecha, René Favaloro, 68 años, casado, sin hijos, trabaja arreglando corazones. El de su patria, Argentina, es el que más duele, el que más cuesta.

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Todos tenemos hollín en los pulmones, por Hernán López Echagüe

El 25 de enero de 1997, la sociedad argentina se veía sacudida por un crimen atroz: un reportero gráfico de la revista Noticias, aparecía muerto, calcinado, con las manos y pies atados y dos disparos en la cabeza después de haber ido a cubrir de una fiesta de renombrados empresarios de Pinamar. La autopsia demostró que Cabezas tenía hollín en los pulmones, lo que indicaba que aún respiraba cuando el auto con él en su interior era invadido por las llamas. Las investigaciones recorrieron muchas pistas, varias de ellas fraguadas por la Policía Bonaerense que demostraba una y otra vez intentar desviar la investigación y resolver rápidamente el caso. El diario La Nación, le solicitó una nota al periodista Hernán López Echagüe quien se había convertido en emblema del ‘periodista agredido” luego de sufrir dos agresiones -un navajazo de advertencia en la puerta de su casa y un intento de secuestro en los alrededores del Bingo de Avellaneda, abortado por la aparición de un patrullero-. La persecución López Echagüe provenía de sectores del Mercado Central ligados a patotas Duhaldista. Desde Uruguay, en donde intentaba recuperar la tranquilidad y finalizar un nuevo libro sobre la Triple Frontera, escribió de un tirón este artículo.
Hoy lo recuperamos para el Archivo de LCV, tomado del libro ‘Postales Menemistas’ editado por editorial Perfil, quien publicó una compilación de artículos de este joven periodista que luego de recibir más amenazas y una catarata de juicios por la publicación de su libro “El Otro” dedicado al entonce gobernador Duhalde quien se disputaba la conducción del peronismo con el president Menem, buscaría refugio con su familia del otro lado del río.

Todos tenemos hollín en los pulmones, por Hernán López Echagüe
Febrero de 1977, diario La Nación
El asesinato de José Luis Cabezas es un hecho obsceno, cometido en una sociedad habituada a cerrar los ojos ante la obscenidad, o, en el mejor de los casos, a tomarla como un avatar, como un mal pasajero. Es dable preguntarse si en este caso la sociedad cobrará vida o, como ha sucedido en otras ocasiones, pronto olvidará el mazazo, se abrazará a los electrodomésticos, al fetiche de la estabilidad, y por fin añadirá el episodio a la extensa lista de obscenidades que han ocurrido a partir de mediados de 1989: los sopapos, navajazos y amenazas a periodistas; el asesinato del obrero Víctor Choque en Tierra del Fuego; las agresiones sufridas por el fiscal fiscal Pablo Lanusse; el assinato de María Soledad Morales, las decenas de atropellos cometidos por la Policía de la Provincia de Buenos Aires; los disparos contra Fernando ‘Pino’ Solanas; los feroces atentados contra la comunidad judía; la continua represión a manifestaciones; las enigmáticas muertes en torno a la Aduana; etc, etc, etc.
Obscenidades que parecen lejanas en el espacio y en el tiempo.
Presumir, como buena parte de la sociedad presume, que el asesinato de Cabezas no ha sido más que un brutal ataque a la libertad de expresión, comporta un grave desatino cuyas consecuencias habrán de aflorar tarde o temprano. El asesinato de Cabezas ha sido la lógica culminación de una serie de obscenidades frente a las cuales, continua e ingenuamente el gobierno ha pretendido permanecer ajeno.
Desde luego, en el interior de la gente que ha cometido este crimen impera el fuego. Pero es menester avivarlo.
Basta echar un vistazo a la historia del país para comprender que hechos de esta naturaleza suceden cuando los gobiernos crean y promueven las condiciones políticas, sociales y morales y éticas que tornan posible su comisión. Cuando los gobiernos hacen de la obscenidad uno de sus rasgos más distintivo.
Obsceno es que los actos de un gobierno procuren satisfacer, pura y exclusivamente, la ley del libre mercado y los antojos de un puñado de empresarios sin escrúpulos. Obsceno es que un presidente, a viva voz, celebre el ingreso de capitales sin importarle su procedencia. Obsceno es que los funcionarios de un gobierno aparezcan enlazados, una y otra vez, a personajes como Al Kassar, Gaith Pharaom, Ibrahim Al Ibrahim, Yabrán o Ghadaffi, es decir, al narcotráfico, al matonaje, a los negocios turbios. Obsceno en extremo es ignorar la independencia del Poder Judicial y llamar ‘delincuentes’ a periodistas y opositores.
Pero más obsceno que todo es la inercia. Cuando el virus de la quietud y de la indiferencia se instala en una sociedad, no hay medicina que logre aplacar sus terribles efectos. Al igual que en épcas de muerte y oscurantismo, con el correr del tiempo la solidaridad se difumina, la identidad lanquidece, y crímenes como el de Cabezas, por tanto, adquieren el caracter de cosa común y ordinaria.
Cuando una bomba destruyó el edificio de la embajada de Israel, todos repletamos las calles de Buenos Aires y en silencio, con los párpados apretados, todos fuimos judíos. Pero no fue otra cosa que un relumbre de solidaridad, un compromiso tan duradero como un estornudo; algo más parecido a una fugaz visita de pésame que a un acto fundado en hondas convicciones. Porque tiempo más tarde, y una vez más a lo largo de contadas horas, estimamos sensato colocarnos nuevamente el disfraz judío, como en un multitudinario baile de máscaras.
Todos estamos entrelazados por un lugar común que va más allá de fortuitas diferencias religiosas, filosóficas, políticas o profesionales: la vida. Y sin embargo estamos habituados a que nos reúna la muerte.
Una sociedad adormilada, que no emerge de su insultante letargo, no puede exigirnos a los periodistas que frente a hechos de esta índole inflemos el pecho y sin rodeos continuemos hurgando en esas enormes cloacas que nosotros no hemos inventado. No somos corresponsales de guerra, aunque a menudo plumas y lentes deban desplazarse entre escombros y cenizas, entre bandas violentas que han convertido al país en un inabarcable campo de batalla donde la vida es ingrávida.
Desde la madrugada del sábado último, y de modo ya irremisible, todos los argentinos somos José Luis Cabezas. Todos tenemos hollín en los pulmones. Todos estamos encerrados en el interior de un vehículo en llamas, en un camino de tierra, a contados metros de opulentas mansiones en cuyos jardines la fiesta continúa.
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ARCHIVO/La corrupción sigue estando de moda, por Oscar Taffetani

Esta semana, el maestro Oscar Taffetani comparte una nota de su archivo personal escrita el 16 de mayo de 1993 –hace 31 años-. Eran los noventa, tiempos de “menemato” cuando estallaba el boom de los escándalos de corrupción. Nunca, hasta ese momento, se habían visto tantos funcionarios procesados por malversación de fondos, coimas, contrabando, venta ilegal de armas o enriquecimiento ilícito. La lista es larga. Algunos han pasado rápidamente al olvido, como el ex concejal justicialista José Manuel Pico condenado por la justicia porteña a cinco de años de prisión y diez años de inhabilitación para ocupar cargos públicos, por el delito de enriquecimiento ilícito. “Me quieren convertir en un monstruo”, se lamentaba, conciente de que él no hacía nada diferente a lo que hacían todos. Fue el primer político de cierta relevancia condenado por corrupción a quince días de las elecciones presidenciales.
Con mejor o peor suerte, tuvieron que sentarse en el banquillo de los acusados altos funcionarios, entre otros: Carlos Grosso; María Julia Alsogaray; Víctor Alderete; José Luis Manzano, Antonio Erman González; Carlos Corach; Amira y Emir Yoma; Ángel Eduardo Maza; Domingo Cavallo; Gostanian y el propio presidente Carlos Menem quien fue condenado por peculado, contrabando de armas y sobresueldos, pero gracias a los fueros nunca debió cumplir su pena. En 1994, el presidente del Banco Nación, junto a ex directores y cinco empresarios fueron procesado por el supuesto pago de 21 millones de coimas a IBM por la renovación de su sistema informático. El hermano y secretario de uno de los imputados, Marcelo Cattáneo, apareció suicidado. Las muertes dudosas de personajes vinculados al gobierno iban en aumento.
Distintos negociados fueron tapa de diarios y revistas. Los libros de investigación eran Best Sellers (Robo para la Corona, de Horacio Verbitsky; El Otro, de Hernán López Echagüe; El Jefe, de Gabriela Cerruti; o Pizza con Champagne de Silvina Walger, se vendían por cientos de miles). Con buen tino, Oscar Taffetani titulaba una nota publicada en la revista Nueva: “La corrupción está de moda”. Una moda que llegó para quedarse.
¿Cuáles son las razones y la solución de semejante descalabro? O.T. recorre los principales hechos de corrupción en Argentina y el mundo. ¿Cómo salir de esta telaraña? Un debate más vigente que nunca.

Corrupción está de moda
Un fantasma viscoso recorre el planeta. Los diarios lo llaman corrupción. Los políticos y los periodistas lo llaman corrupción. La gente lo llama corrupción. ¿De qué se trata?
El barón de Montesquieu escribió en alguno de los treintaiún volúmenes que componen Del espíritu de las leyes (1748), que “el principio de democracia se corrompe cuando una nación pierde el espíritu de igualdad y lo interpreta arbitrariamente”.
Según el ilustre barón (a quien solemos citar de oído), una neta separación entre los poderes del Estado produce la mutua limitación que salvaguarda las libertades.
Claro que el sistema que Montesquieu tomaba por modelo de democracia era el inglés, donde el Poder Ejecutivo reposaba en el Príncipe (consorte o sinsorte), el Legislativo en la Cámara de los Lores (reclutados en la nobleza) y el Judicial en esas convulsionadas cortes provincianas que supieron describir Shakespeare y Marlowe.
En cuanto a los “países cálidos” (así llamaba a las colonias africanas, asiáticas y americanas), el tratadista observaba que “están más dispuestos que los fríos a la servidumbre”… Hasta allí Montesquieu.
Montes… ¿quién?
En América latina, lo mismo que en los jóvenes países africanos y asiáticos, la democracia política padece aún hoy el vicio del caudillismo. Los tres poderes suelen estar sujetos a la voluntad de uno solo: el Ejecutivo.
Cuando se habla de corrupción, entonces, por lo general, se habla de un juez o un legislador sobornado, de un amigo o un pariente del “Número 1” que se acomoda en un puesto público, que resulta beneficiario de una dudosa licitación o que impunemente viola las leyes al amparo de su protector.
De esta clase de corrupción sabemos mucho en América latina. La historia del continente –sin necesidad de hacer revisionismo– está plagada de caudillos, militares y civiles, que convirtieron su antojo en ley severa, que se enriquecieron en la función pública, que entraron al gobierno por la puerta grande, “para acabar con la corrupción” y salieron por la puerta de servicio, entre gallos y medianoche, con los bolsillos llenos.
En los países anglosajones (algo de razón tenía Montesquieu) la vigilancia civil sobre los poderes es mayor. Los ciudadanos que sangrientamente conquistaron sus derechos poniendo fin, o por lo menos un límite, a la monarquía, saben defenderlos mejor.
No están libres del azote de la corrupción (que prefieren llamar inmoralidad), pero tienen aceitados los mecanismos democráticos para combatirla.
El affaire Watergate en los Estados Unidos (espionaje republicano en la sede del Partido Demócrata) le costó la presidencia a Richard Nixon. El affaire Irán-contras (llamado por la prensa Irangate) llevó a un juicio público a altos jefes militares y determinó el cambio de política hacia Centroamérica.
Curiosamente, los hechos inmorales de más gravitación en la política norteamericana fueron descubiertos por la prensa. Dos periodistas del Washington Post, amparándose en la Quinta Enmienda de su Constitución, desataron el escándalo que acabó con Nixon.
El cuarto poder entra en escena
¿Son posibles los Watergates en América latina? Ardua pregunta. La regla –salvo raras excepciones– es que todo concluye con la denuncia. Los efectos jurídicos no van más allá de la renuncia al cargo por parte del funcionarios involucrado o de un “fusible” de éste.
No obstante, debe reconocerse que haber hecho públicos los ilícitos y haber conseguido la renuncia o alejamiento de funcionarios corruptos, no es poco mérito, habida cuenta de la ostensible lentitud del Poder Legislativo y la mora del Poder Judicial para intervenir en esas cuestiones.
Otra pregunta que puede escucharse en la calle es: ¿Hay más corrupción ahora que antes? ¿O es que ahora se sabe más?
Las respuestas invariablemente estarán teñidas de un color político. A pesar de ello, habrá coincidencia general en observar que, gracias a la existencia de una prensa independiente y diversa, hoy puede saberse más de lo que pasa “en palacio”. La ciudadanía dispone de un instrumento tan poderoso como aquéllos –devaluados– que le brindó la bicentenaria Revolución Francesa.
No todas son rosas en la Galaxia Gutenberg, por supuesto: un medio de prensa puede ser sobornado, como puede serlo un policía, un juez, un legislador. Pero corre también el riesgo de quedar en evidencia y sufrir un terrible castigo: que los lectores dejen de comprarlo.
En ocasiones, los diarios, radios o canales televisivos son instrumento de una singular batalla. Es cuando los acusados de corrupción se defienden denunciando algún fraude o ilícito cometido por sus acusadores.
La batalla –aquí reaparece Montesquieu– no es mala en sí misma, puesto que ayuda a que se conozca toda la verdad. El libre juego de los poderes, incluido el Cuarto, es el mejor certificado de buena salud del orden democrático.
Mal olor en el planeta
Una mirada a la política internacional, poco antes del fin de siglo, podría acabar con las más recónditas esperanzas de justicia. En todas partes se cuecen habas. En todas partes había –o hay– corrupción política.
EN EL PRIMER MUNDO
No hace tanto desde que se conocieron las coimas que pagó la Lockheed Aircraft para colocar sus aviones en países “intachables” como Suecia, Francia, la ex República Federal de Alemania y el Japón. Desde el Príncipe Bernardo de Holanda (quien provocó la abdicación de la reina Juliana) hasta el primer ministro japonés Kakuel Tanaka (quien prefirió que el harakiri se lo hicieran algunos ofuscados kamikazes), todos recibieron su sobre o su giro reservado a un banco suizo.
Recientemente –para no abundar en ejemplos– estallaron escándalos en Inglaterra (por comisiones de los ministros en la privatización de servicios); Francia –por “donaciones” y blanqueo de dinero negro a través de partidos de centro-derecha y centro-izquierda–; España (por comisiones en las obras de Expo-Sevilla, finanzas negras y sobornos en el PSOE); Italia –por relaciones de los principales dirigentes políticos y del gobierno con la mafia– y hasta en el lejano, insospechable y poderoso Imperio del Sol Naciente (por declaraciones del político sobornador Shin Kanemaru, quien destapó una olla que no contenía precisamente arroz).
EN EL EX-SEGUNDO MUNDO
El advenimiento de la era Gorbachov puso al descubierto las prebendas y turbios manjeos de los dirigentes soviéticos de la era Brezhnev. No terminó allí la danza: los dirigentes del ex PCUS vaciaron las empresas estatales y fugaron divisas hacia los bancos suizos poco antes de la caída de Gorbachov y el ascenso de Yeltsin.
Uno de los países que aún se declara regido por los principios del socialismo, Cuba, conjuró hace tres años un escándalo por narcotráfico que amenazó acabar con el gobierno de Fidel y Raúl Castro. El chivo emisario fue el fusilado general Ochoa, Nº 3 de la nomenclatura cubana.
EN EL TERCER MUNDO
En la Argentina, el reelecto presidente Carlos Menem ostenta el récord de tener la mayor cantidad de funcionarios procesados en la historia de su país y la región.
La caída de Ferdinando Marcos, en las Filipinas, ocurrida hace unos años, puso al descubierto el enorme grado de corrupción que puede generar un gobierno cuando aspira a perpetuarse.
El affaire Collor, en Brasil, fue un caso reciente de corrupción política (enriquecimiento ilícito) con desenlace ejemplar: el juicio político y destitución del Presidente por el Parlamento.
EN LAS NACIONES UNIDAS
El jefe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), de origen japonés, fue acusado de comprar su reelección. La denuncia extiende las sospechas a casos anteriores (como el del ex SS Kurt Waldheim).
EN LAS ORGANIZACIONES ECOLOGISTAS
Generation Ecologie, un partido verde francés cuyo dirigente Brice Lalonde fue designado ministro de Medio Ambiente, aceptó importantes contribuciones financieras de empresas a las que decía combatir (como la Sandoz suiza, principal contaminadora del Rhin).
Mal de muchos ¿consuelo de tontos?
Martin Woollacott, del periódico londinense The Guardian, se refirió en un artículo a las distintas formas de corrupción política existentes en el mundo. Desde lo que en Francia llaman “tremper le pain dans le sauce” (mojar el pan en la salsa) hasta lo que los japoneses llaman sin pudor “política del dinero”, pasando por la Tangente italiana, todopoderosa antes de la llegada de los mani pulite. Al hablar Woollacott del mundo anglosajón, desliza irónico: “…tenemos formas menos obvias de corrupción, además de la justa cuota de soborno y de coima…”
He allí una de las probables causas del gran destape de fin de siglo: lo que los Estados y el mismo sistema mundial no toleran no es la corrupción habitual (el “punto” o “punto y medio” de comisión que lubrica el comercio internacional). Lo que el sistema mundial no tolera –porque vuelve imprevisible el futuro de la humanidad– es el exceso de corrupción, esa masa viscosa que entorpece el desarrollo de la economía y las relaciones internacionales.
Desde un punto de vista pragmático, entonces, –dejando el idealismo para mejor momento–, de lo que se trata es de llevar los niveles de corrupción administrativa y política al mínimo posible.
¿Quién puede hacerlo?
Allí regresamos a Montesquieu, aquel pensador francés que fue bautizado en brazos de un pordiosero (porque sus padres querían que aprendiera de niño que todos los hombres son iguales ante Dios). Regresamos a Montesquieu y hallamos que la mejor manera de combatir la corrupción, en casa y en el mundo, es garantizar la independencia de los tres poderes (incluido el cuarto) y luchar por un ejercicio moral de la política.
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ARCHIVO / Nunca te bañes con tus primas, por Ricardo Ragendorfer

Este artículo fue publicado por la revista El Porteño en la sección Serie Negra de junio 1989. Por entonces, conceptos cómo “violencia de género” y “femicidio” eran catalogados bajo la inexacta nomenclatura de “crimen pasional”. Pero en las extrañas muertes de Irma Gijón y Gloria Fernández ni siquiera fue considerada esta hipótesis. Y por una razón de peso: su carácter sobrenatural hizo que rebasara las fronteras del hecho policíaco para convertirse en una pieza única de la literatura gótica, pero del mundo real. RR

Bajó de la ambulancia, verificó la altura de la calle y tocó el timbre. Media hora antes, la telefonista del Hospital Municipal de Vicente López expidió una orden de visita en favor de Gloria Fernández, especificando como motivo una simple descompostura. Cuando el médico cruzó el hall y fue llevado al living, encontró a la paciente recostada en un sofá.
La mujer que lo hizo pasar sólo le dijo:
–Se empezó a sentir mal a la tarde, después de comer.
El recién llegado se calzó el estetoscopio y auscultó el pecho de la enferma. Luego extrajo una linterna de bolsillo y pasó a escudriñar el color de la garganta. Acto seguido, se puso a redactar una receta. Y mirando a sus interlocutoras, recitó el diagnóstico:
—No es una descompostura. Aunque puede ser que el almuerzo haya caído mal. Para mí, es un estado gripal. Tiene la presión baja y unas líneas de fiebre. Tómese un Multín cada seis horas. Por lo del estómago, no coma nada pesado; es más, si aguanta, trate de no cenar.
Dicho esto, guardó sus instrumentos y se perdió por la puerta, saludando con un imperceptible movimiento de cabeza. Y ya en la ambulancia, le comentó al chofer:
–Vinimos por una gripe. Nada más que una gripe.
En ese momento no sabía que el caso no tardaría de complicarse, precisamente por una descompostura, pero no de tipo estomacal.
Tres días después, es decir el domingo 16 de abril, el departamento de la calle Melo 3300, de Florida, se convirtió en centro de atención de investigadores policiales, médicos forenses e, incluso, técnicos de Obras Sanitarias. Sin embargo, los primeros que tomaron intervención fueron simples integrantes de una cuadrilla de Gas del Estado.
A la mañana del día anterior, el propietario del departamento, que moraba en el segundo piso del edificio, percibió la fragancia —según él— inequívoca de un escape gaseoso. No sólo cerró la llave de paso, sino que convocó al personal especializado para que constatara la pérdida del fluido. Los de Gas del Estado no la encontraron.
Recién al día siguiente salió a la luz que semejante aroma correspondía, en realidad, a la descomposición de los cuerpos de Irma Gijón, de 21 años, y Gloria Fernández, de 15, que se estaban pudriendo en la bañera.
El propietario no daba crédito a sus ojos (ni a su olfato).
Ya entonces, ese departamento se encontraba invadido por uniformados y peritos.
En la bañera aún permanecían los cadáveres, flotando en un líquido que no parecía agua, ya que mostraba una tonalidad color ladrillo. El de la más joven apuntaba hacia el este. Frente a ella estaba los despojos de la que, en vida, había sido su prima.
A simple vista, daba la impresión de que la muerte le había llegado justo al sacarse la bombacha, dado que esa prenda estaba muy cerca de su mano, cuyo brazo quedó rígido fuera del receptáculo.
Pero no se puede decir que esas muertes “súbitas y simultáneas”, como fueron caratuladas a falta de más datos, les hayan conferido a sus protagonistas el don de parecer dormidas. Por el contrario, además de la pestilencia propia de la carne al corromperse, la piel de ambas mutó su color natural a un azulado cadmino, correspondiente a la descomposición cadavérica de alguien que dejó el mundo de los vivos hace más de 30 días. Pero el problema era que sólo llevaban en la bañera no más de tres.
A partir de entonces, casi una veintena de peritos, entre los que se encontraban efectivos del SEIT (Servicio Especial de Investigaciones Técnicas), junto a forenses, además de personal policial numerario, pulularon semanas enteras, tanto por el departamento como sobre los cuerpos de las primas Gijón-Fernández, tratando de determinar la causa de tan extraño fin y la razón del desacostumbrado deterioro.
Lo cierto era que los manuales de medicina legal establecen etapas y lapsos, según sea invierno o verano. Así como en un ahogado deben transcurrir entre 3 y 5 días o 5 y 6 horas —depende de la estación— para que se consume la rigidez cadavérica, el enfriamiento del cuerpo y blanqueo de la epidermis, en este caso, sobre la base de partes extremadamente oscuras e hinchadas, más el detalle de brazos y piernas blandas y arrugadas, se determinó que, en teoría, tales cuerpos corresponderían a 30 días de descomposición, si se trataba del invierno, o 2 semanas en temporada estival.
Pero había un hecho cierto: una vecina de las malogradas mujeres echó por tierra los conceptos de la medicina forense, afirmando en su declaración testimonial: “Antenoche (por el 13 de abril) Irma me pidió permiso para hablar por teléfono con el Hospital de Vicente López y llamó a una ambulancia porque su prima sufría una leve indisposición”.
Eso coincidió con la receta hallada en el living, donde se recomendaba la ingestión de Multín, un antipirético. De allí en más, sobre hipótesis tan poco felices como la muerte por electrocución, ahogo, intoxicación e, incluso, la formación de un arco voltaico, pero ante la certeza de que esos decesos sólo pudieron haber sobrevenido a través del trámite propiciador de un homicida, los encargados de esclarecerlos se dieron a la caza del facultativo que había atendido a una de las víctimas poco antes de la muerte.
A decir verdad, la policía tropezó con grandes inconvenientes para dar con el médico. Claro que a la declaración que efectuaría se le asignaba gran importancia. Y luego de una fatigosa búsqueda, el profesional fue hallado: Se trata del doctor Arnoldo Bresciani, médico cirujano, director de una clínica y auditor de un prepago, que además pertenece al plantel del Hospital de Vicente López.
Cuando estuvo frente a los policías que lo interrogaban sobre los detalles de aquella visita, Bresciani comprendió que, a fin de cuentas, el caso tratado tuvo al final que ver con una descomposición.
—No puede ser que el cuerpo de las chicas presente la descomposición de un mes —farfulló, ante un policía de civil que anotaba todo en una libretita.
El médico después declararía: “No fui el último en verlas con vida”. Pormenorizando tal afirmación, Bresciani exhibió los argumentos propios de un experto en novela policiales inglesas: “El domingo por la mañana, cuando entró la policía, encontraron mi receta y un frasco de Multín nuevo, es decir, recién comprado. Estaba abierto y faltaban dos comprimidos. Yo le había recetado a la paciente tomar uno cada 6 horas. Si cumplió con tal indicación, no habría muerto a la medianoche del jueves, sino a la mañana del viernes (…) Si una de ellas fue ese día a la farmacia yo no fui el último en verlas con vida; ni tampoco lo soy si ellas mandaron a alguien a comprar el remedio”.
En síntesis, la investigación policial estaba nuevamente en cero, salvo, lógicamente, las dispares hipótesis irradiadas desde varios medios, que no excluyeron la presunta complicidad de las temibles mambas, una de las más peligrosas especies de serpiente, originaria de Nueva Guinea, cuyo veneno no suele ser proclive a aparecer en los resultados de una autopsia.
Pero hasta ese punto, aunque sin visos de esclarecimiento, el caso de las muertas de la bañera fue una simple investigación policial. A partir de un nuevo episodio, el hecho pasó al rango de la novela gótica. Eso se encarga de declarar el juez Raúl Adolfo Casal, que entiende en la causa:
“Yo, personalmente, hice retirar aquel domingo los cuerpos de la bañera, llevarlos a la morgue y luego ordené higienizar aquella vivienda, donde los olores eran realmente pestilentes. También verifiqué personalmente la limpieza de aquella bañera, su saneamiento y demás trabajos de higiene. Pues bien, dos semanas después decidí regresar al escenario del suceso. El departamento había quedado cerrado con llave y la llave se encontraba en la seccional 1a de Vicente López. Pasé a buscarla y me fui hacia esa casa. Cuando entré, imaginen mi sorpresa al ver que la bañera estaba nuevamente llena de agua y, para mayor asombro, repleta de fauna cadavérica”.
Sobre los contornos de un misterio insondable solo quedan las huellas de los deudos desolados, próximos o involuntarios de un deceso sin explicación aparente.
El médico Bresciani sigue haciendo lo de siempre. Pero su vecina, cuando lo saluda, ya no le mira los ojos y, quizá, piense que en ese hombre flaco y bigotudo está el eslabón perdido de aquel caso que persiste en salir entre los diarios. Al juez Casal, desde el día en que regresó al lugar del crimen, se le pone la piel de gallina cada vez que alguien le menciona el expediente. El propietario de la vivienda, por último, convencido de que ningún necesitado de arrendar un domicilio accedería a asearse en la bañera donde aparecieron las dos primas, no sabe si resignarse a no alquilar más su propiedad, clausurarla, o directamente llamar a un piquete de demolición.
